El alucine que se creyó Maradona

 

Mauricio Mejía

El Diego, ese fantasma que deambula en el alucine del presente que siempre es continuo. La dictadura que se instala cuando él deja la pobre adolescencia, hace justo medio siglo; la marginación del Mundial del 78, por decisión -luego explicada- de César Luis Menotti, el míster argentino-; el Barcelona, la cocaína y el contrato multimillonario, récord para entonces; el Lázaro que se levanta y vuelve a hundirse en Nápoles; la coronación sobrenatural en el Estadio Azteca -que vuelve a ser sede del Mundial-; la rehabilitación en Cuba, sus desplantes por el Ché, Fidel y la Revolución, en la que encuentra un pretexto para la aclamación samaritana como apóstol que usurpa el nombre de Dios en vano, y la tragedia final, el sobrepeso, la trampa en todas sus caras, otra vez la coca, el paso empedrado por el banquillo albiceleste, el amor y desprecio por Messi, la muerte insospechada, peligrosamente anunciada… la corona de espinas sobre el copete de la pelota, su única fidelidad, a la que, sin embargo, traiciona, no a ella, sino a lo que es y lo que representa… Maradona, el genio de la pierna izquierda, el falso monedero de los pobres, el canto de la alegría para el corazón de una nación rota entre las penurias económicas y la bancarrota del espíritu, Maradona, la cruz que llevaba el 10, como presagio, como condena, como salvación y martirio…

Diego Armando Maradona nunca fue capaz de poseerse. Dijo luchar por los desposeídos y terminó siendo poseído por poderosos, que lo aprovecharon para sus propios fines. Fines que al astro le resultaron desconocidos. Y de los cuales apenas pudo obtener falsos aplausos y auténticas sacadillas.

Portavoz de una falsa Revolución -poética, en su idea de mundo-, el astro del mundial del 86 fue confiscado por una prosa política nada libertaria, y mucho menos democrática. En el último de los casos, como él se hubiera imaginado el significado de libertad y de democracia.

Hegel desconfiaba de la inocencia, a la que llamaba ignorancia de la maldad. Entre el personaje Maradona y la persona Diego se debatía un conflicto que, desde luego, no pudo observar el famoso 10 de la selección argentina. Creyó que dentro -y en la cima- del ámbito del poder político podía colaborar en su misión sanadora de los desprotegidos, en los que miraba su infancia y su juventud en las villas miserias de Buenos Aires, donde nació en octubre de 1960.

Al mismo tiempo como mercancía, por tanto, camello y ojal del sistema financiero del futbol, intentó repartir mesiánicamente el balón y los peces entre sus millones de “hinchas”, entre los que se encontraban los menos favorecidos del libre mercado del que aprovechó todas sus ventajas hasta el último centavo. Hasta en el escándalo, pan de cada día en la postrera vida pública del genio, enriquecía las arcas de los templos. No fueron pocos, por cierto, los que se enriquecieron con los desplantes filantrópicos de El Diego. Y fueron muchos más los que cortaron grandes tajadas de sus dribles en la esfera política. Todas las pelotas pasaban por los pies de Maradona: también todos los pases y todas las poses.

En esta contradicción jugó siempre, a favor y en contra, en la vida del hombre que a los 22 años se convirtió en el fichaje más caro en la historia del FC Barcelona. El mismo que hizo del Nápoles, cuadro sin grandes galardones, un clásico de la superación personal entre las ligas más importantes de Europa.

Fueron los hombres de pantalón largo de la estructura los que midieron, palmo a palmo, la inocencia infantil del personaje Maradona: su Yo positivo: emblema de la acción y la identidad colectiva. Lo que Hannah Arendt llama el debate entre el Qué y el Quién.

Lo envolvieron como parte del discurso y lo arroparon en la legitimidad popular de la esperanza. Le compraron sus cándidas ideas de “izquierdas”, parecidas a los cuentos de hadas. Supieron, siempre, que la única idea de izquierda que tenía el ídolo era la pierna con la que había desbaratado a Inglaterra en el estadio Azteca. Con su fanatismo por El Ché, creyó pagar el carnet de identidad para militar en el área chica de regímenes opresores, que hacen de los desfavorecidos su tribuna y su bandera.

El personaje Maradona fue consumido y desechado con la misma voracidad con la que a la persona Diego habían devorado la cocaína y las sustancias ilegales. Diego y Maradona, desechados por la regla, encontraron –con sus respectivas ideas de la popularidad- en la cancha de la política y en la industria de la televisión, una forma de llenar sus insaciables vacíos. Romario dijo que Pelé era un poeta cuando callaba. Lo mismo pudo decirse del fallecido Diego Armando Maradona: gustaba más cuando estaba ausente. Callado.

En el esquema de falsos espejos, Maradona (presa y partícipe de entornos oscuros en los que militaban las drogas, el espectáculo y los amarres militares) fue bien recibido por las jerarquías políticas, que hacían creer que el lado oscuro del crack pertenecía al relato de la prensa sensacionalista.

Desde luego que El Diego se encargaba de contradecirlos una y otra vez. Al tiempo que jugaba a la pelota con un longevo líder aparecían denuncias contra él por maltrato a sus mujeres, por abusos de alcohol y por virulentos ataques con pistola en mano contra periodistas que cubrían, minuto a minuto, el trajín de su intensa vida. En ese esquema de falsos espejos, el balón era el autoengaño. Maradona creyó que “apoyaba a la Causa”; “La Causa fingió que apoyaba a El Pelusa en su incansable batalla contra sí mismo.

Nada en política es gratuito ni desinteresado. Maradona hacía y deshacía al amparo de los gobiernos que le presumían como último trofeo de sus vitrinas. La realpolitik usaba a su antojo la figura del astro para darse cascaritas de pueblo bueno y sabio. Ora sí. Ora no. Ora de nuevo. El Diego se consumía en el desorden, pero el Orden le resucitaba. Falsa poética en uno; dura y medrosa prosa en el segundo. Lo social-político en continuo partido de buenos contra malos; de amigos y enemigos, y nosotros contra ellos. La cancha partida por la mitad.

Hubo otra cualidad aprovechable y desechable de Maradona para el poder político: hablaba y despotricaba con la misma naturalidad que daba pases en el medio campo. Y, en un mundo en el que sólo prevalece lo que se borra fácilmente, los dichos y contradichos del crack apuntaban contra el enemigo común de los mandamases y el “estandarte de ilusiones”: el imperialismo, la dominación extranjera y voracidad de los grandes corporativos. La FIFA por delante de todas.

La inocencia malsana del genio radicaba en que él formaba parte, como actor principal, del imperio de las mercancías. Mercancía que y producía mercancías: la puesta en escena de su despedida fue transmitida por la televisión a todo el mundo. “La pelota no se mancha”, dijo en aquella tarde en la que predicó el Sermón de la Montaña. Maradona nunca se dio cuenta –o se dio mucha cuenta- que jugaba con dos camisetas tradicionalmente antagónicas, y en ninguna de sus alineaciones era tan respetado como cuando vestía la albiceleste, a la que –por cierto- no pudo hacer campeona como jefe de banquillo.

El astro que presumía libertad de sentimientos fue marcado personalmente en sus movimientos extracancha. Creyó, ingenuamente, que era amigo personal de personajes que suelen tener intereses, ambiciones y objetivos claros. El poder es una barra brava a la que solamente importa el marcador. Ganar con o sin pelota. Diego Armando Maradona murió sin darse cuenta que en la vida y en el futbol no importa el tiempo de posesión.

Una estampa, perdida entre la basura de La Habana, es retratada en las redes sociales: el cartel, ceniza de la Revolución, recuerda sin asombros aquellos días en los que El Diego era paciente de lujo en la Cuba de Fidel, un puro, un astro engordado de sí mismo, la Cuba revolucionaria, a la distancia larga del noticiario, es documento de la Historia, la fotografía, casi desapercibida en el mar infinito de la era digital, recuerda a aquel que se creyó Maradona, el que se imaginó que era eterno como Fidel, como el Ché, como la Utopía.

Los fantasmas abandonan el estadio; la noche es madrugada en el orden prosaico del desdeño…

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